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El CupriMural
(Julio - Agosto 2003)

Arte y Cobre

El cobre ha sido materia prima para la creatividad de escultores, orfebres y diseñadores, quienes han plasmado sus talentos en una infinidad de obras: estatuillas de bronce y latón dedicadas al culto de divinidades, y grandes monumentos de bronce, como el Coloso de Rodas, la estatua de Marco Aurelio en Roma y la de la Libertad en Nueva York.

Algunas pilas bautismales, altares y portales de catedrales e iglesias de Europa, Asia y América representan las mejores expresiones artísticas de su época, lo cual no habría sido posible sin el cobre y sus aleaciones.

También los palacios y residencias del mundo antiguo fueron decorados con objetos cuyo material fundamental, a excepción de la plata y el oro macizo, fue y sigue siendo el llamado metal rojo.

Otra novedad sobre el Arte y el Cobre son las pinturas sobre láminas de éste noble metal.  A continuación les ofrecemos una breve reseña de este tipo de arte.

La pintura sobre láminas de cobre en los siglos XVI, XVII, y XVIII

La colonización y evangelización de América coincidió con el auge del grabado en Europa. La gran imprenta de Amberes de Plantin-Moretus recibió la concesión del rey de España para hacer llegar al Nuevo Continente tanto los libros religiosos ilustrados como grandes cantidades de láminas sueltas con las imágenes sobre la vida de Cristo, de María y de los santos. 

La investigación histórica permite hoy confrontar una buena parte de obras realizadas en las colonias con los respectivos grabados originales. Gracias a estas fuentes es posible desentrañar importantes aspectos relacionados con la formación del arte nacional. A través de estas confrontaciones puede establecerse cómo los artistas desarrollaron el sentido del dibujo, de las proporciones y de la composición, introduciendo con frecuencia su aporte individual, que las hace distintivas y meritorias.

Sin embargo, los grabados no constituyeron la única fuente de inspiración. A través de los encargos de las comunidades religiosas y de los particulares, llegaron también a América numerosos cuadros originales en un soporte que, si bien cayó en desuso, gozó en Europa de singular importancia durante los siglos XVI, XVII y XVIII. Se trata de las pinturas trabajadas sobre láminas de cobre.

Este novedoso recurso ofrecía a los hábiles artistas infinitas posibilidades. Los formatos eran por lo general pequeños, por lo que se hicieron fáciles de transportar, favoreciendo su comercio. La consecuencia más inmediata fue que a los pintores, particularmente los "de género", les facilitó el trabajo en conjunto. Algunos se especializaban en temas relacionados con la fauna o la flora, dejando a otros la representación de los personajes, en especial en las obras de carácter mitológico. Probablemente por su textura y menor vulnerabilidad, muchos pintores lo prefirieron a los soportes tradicionales de lienzo o madera.

En cuanto a la calidad de la pintura, el nuevo material comenzó a revelar sus condiciones particulares. A diferencia de los otros soportes, al colocar la pintura sobre el cobre, ésta no se absorbe, condición que permite un trabajo más preciso y en el que a su vez se puede jugar con las sombras , las luces y los brillos, como si se tratara de verdaderas joyas. La pintura al óleo sobre cobre llegó a ser un ejercicio altamente estimado por las calidades que podían extraerse. A las delicadas texturas, tonos y trasparencias que permitía el medio se sumaba la firmeza del material. El dúctil metal facilitaba por lo demás la elaboración de novedosos formatos. De allí que sirviera para hacer medallones, tapas de cajas, regalos variados para la nobleza y el clero y objetos de culto de caprichosos diseños.

 




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